Reflexión diaria del evangelio.

Lecturas diarias de la liturgia, reflexiones diarias del Evangelio.

Reflexión diaria de la Palabra de Dios.

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El rezo diario del santo rosario

El Rezo diario del Santo Rosario y la meditación nos ayudan a contemplar los misterios de nuestra salvación.

Audiencia de los miércoles del Papa.

Durante la Audiencia General, el Papa dedica una catequesis sobre un tema en particular, después la resume en diferentes lenguas.

Mensaje del Papa previo al rezo del Angelus.

El Papa dirige su mensaje y reza el Ángelus con los fieles.

miércoles, 6 de enero de 2021

LOS SALMOS, TITULO-NUMERACIÓN-CLASIFICACIÓN


   

El Libro de los salmos es el más leído y meditado de toda la Biblia, sea por el pueblo Israelita, como por los cristianos. 

En los salmos están resumidos, en forma orante y litúrgica, la historia, la teología, la literatura, la vida y los sentimientos del pueblo de Israel, expresando las situaciones del hombre de todos los tiempos. Por eso que la Iglesia ha hecho de ellos su expresión de oración oficial y litúrgica. Y nada mejor que orar con los salmos, porque con ellos "hablamos de Dios, a Dios, con las palabras de Dios". 

Sin embargo, tenemos que decir que orar con los salmos no es fácil. Algunos son de fácil lectura y oración porque expresan sentimientos personales, comunes al hombre de todos los tiempos. Otros reflejan los ritos, la cultura, la moral y las costumbres mentales de un pueblo lejano a nuestra sensibilidad. 

Se hace necesario, pues, para gustar de estas oraciones, introducirnos al estudio de los salmos, saber de su origen, de sus motivaciones, de sus géneros literarios.

Título y la numeración

El nombre "Salmo" traducido del latín, significa un poema cantado, con acompañamiento de un instrumento musical. De hecho la mayoría de las oraciones del libro, antiguamente eran cantadas y acompañadas con instrumentos musicales. 

Cada salmo es numerado, del 1 al 150. si recorres la numeración en tu Biblia, hasta el salmo No. 9 no tenemos ninguna dificultad. Pero desde el salmo 10 hasta el 147 nos encontramos con una doble numeración, una de ellas entre paréntesis. ¿Por qué? La diferencia se debe a una diversa numeración entre la versión hebrea y la versión griego - latina (LXX y Vulgata). La versión hebrea va delante de 1 unidad y su numeración es la que está primera fuera del paréntesis. 

Esta diferente numeración suele causar confusión cuando se trata de comprobar la cita de los salmos. Aquí usaremos siempre la numeración del texto hebreo.  
 
Clasificación de los salmos

Formación y división del Salterio. 

El libro de los salmos es la colección de las 150 oraciones que tienen una larga historia, nacieron seguramente en las ocasiones más diversas: Un momento de angustia, una fiesta de coronación de un rey, etc. Es importante saber que todos los salmos, aunque escritos en singular, eran destinados a la oración de la comunidad, y muy pronto fueron integrados al culto litúrgico del pueblo elegido. 

Nos interesa clasificar los 150 salmos de una manera que nos ayude a entenderlos mejor. En el libro de los salmos encontramos oraciones de varios géneros, nacidas de las más diversas situaciones de vida, individuales o colectivas. Para comprender pues, mejor un salmo, tendremos que remontarnos al acontecimiento inicial que lo motivó. Solamente conociendo esa situación podremos entender, porque un salmo expresa alegría o rebelión, esperanza o desilusión, dolor o paz profunda. 

Entre varias divisiones que siguen los estudiosos, se prefirió seguir este esquema: 

1. Himnos 
• 1.1 Himnos de Alabanza 
• 1.2 Himnos de la Realeza del Señor 
• 1.3 Cánticos de Sión. 

2. Salmos individuales 
• 2.1 Salmos de Súplica 
• 2.2 Salmos de Acción de Gracias 
• 2.3 Salmos de Confianza 
 
3. Salmos Colectivos 
• 3.1 Súplicas Colectivas 
• 3.2 Acción de Gracias Colectivas 
• 3.3 Confianza Colectiva 

4. Salmos Reales 

5 Salmos Didácticos 
• 5.1 Liturgias 
• 5.2 Exhortaciones Proféticas 
• 5.3 Salmos Históricos 
• 5.4 Salmos Sapienciales. 

Vamos a explicar cada una de estas partes, mientras se aconseja que vayas leyendo uno a uno de los salmos que vamos nombrando en los distintos tipos. 

1 HIMNOS 

Los himnos son cánticos en tono de triunfo o de gozo, donde se celebra a Dios creador y salvador que obra maravillas en la historia y en la vida del pueblo. 

1.1 Himnos de Alabanza 

Después de una invitación gozosa a cantar, alegrarse, celebrar a Dios, se motiva la alabanza, la grandeza de Dios, sus obras prodigiosas en la naturaleza o en la historia, su benevolencia especial con su pueblo. 

Podemos reunir en este tipo, los siguientes salmos: 8; 19, 1-7; 100; 103; 104; 105; 111; 113; 114; 117; 135; 136; 145; 148; 150. 

Algunos de estos salmos son muy rezados en la liturgia cristiana y pueden motivar fácilmente nuestra oración de alabanza. Son de fácil comprensión y abren nuestro corazón a una oración profunda, que celebra la bondad de Dios en la creación y en nuestra historia. 

1.2 Himnos a la Realeza del Señor (Salmos del Reino). 

Estos salmos ensalzan a Dios como Rey, celebran su Señorío sobre el mundo y sobre el pueblo escogido. Dios es alabado como Señor de la creación (29) y el universo (24) Rey de las naciones (47) y de su pueblo (68). 

Hacer oración con estos salmos es algo más difícil; nuestra sensibilidad cristiana moderna prefiere sentir a Dios como Padre y Amigo, más que rey y Señor poderoso. 

Sin embargo, podemos a través de ellos expresar nuestra fe en la grandeza de Dios, Señor y rey de la historia humana, y a la vez Señor de la creación y del tiempo.

1.3 Himno - Cánticos de Sión

El motivo de estos salmos es celebrar la ciudad de Jerusalén (llamada también Sión, centro del culto y de la fe del pueblo). Ensalza la Ciudad Santa, como el lugar privilegiado en donde Dios se da a conocer. 

Podemos reconocer en estos cánticos una dimensión histórica, o sea la Jerusalén que fue siempre el centro del culto hebreo (recordemos a María, José y Jesús que suben a Jerusalén cada año) y una dimensión escatológica, por la cual la ciudad toma un significado universal de "ciudad mesiánica", "La Iglesia", "Reino de Dios", al cual afluirán todos los pueblos. 

Hacen parte de esta clase de salmos: 46; 48; 76; 84; 122; 132 Seguramente el más conocido de estos cánticos es el salmo 122: "Que alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor", que la Iglesia nos hace orar y cantar frecuentemente en la liturgia. 

2 SALMOS INDIVIDUALES

La mayoría de los salmos pertenecen a esta clase: Son oraciones que un individuo hace a Dios, expresando su súplica, agradecimiento o su confianza en el poder de Yahvéh. 

Como ya se dijo anteriormente, aunque su origen fuesen oraciones personales, también estos salmos se rezaban comunitariamente, eran parte de la oración de todo el pueblo en el culto, en un marco claramente litúrgico. 

2.1 Salmos individuales de Súplica 

El término no necesita mucha explicación: El salmista se ve en apuro e invoca a Dios para que le ayude. 

Las situaciones del orante son las más diversas: algunas veces está enfermo (88, 102), otras veces se siente perseguido, pecador, etc. Dentro de estas situaciones hay peticiones de perdón (51). Algunos salmos piden vivir la alianza sin aclarar nada sobre su situación (25; 26; 119). 

Dentro de esta agrupación toman importancia los llamados "salmos penitenciales", un grupo de salmos que usamos mucho en la Iglesia para expresar nuestros sentimientos de arrepentimiento y de penitencia. 

Podemos incluir en este género los salmos: 3,15; 6; 7; 10; 13; 17; 22; 25; 26; 28; 31; 35; 36; 38; 39; 42; 43; 51; 54; 55; 57; 59; 61; 63; 64; 69; 70; 86; 88; 102; 109; 120; 130; 140; 141; 142; 143. 

Para nuestra oración este tipo de salmos son una fuente inagotable de inspiración, en los momentos de dolor, agravio, tristeza, etc. 

En tu lectura habrás notado seguramente como el salmista no limita su oración a pedir favores, sino que teje sus peticiones con sentimientos de alabanza, seguridad y confianza en Dios, y normalmente termina con una oración de abandono en el Señor o de acción de gracias. Definitivamente estas súplicas son una escuela para nuestra oración. 

Nota importante: 
Puede extrañarnos, en estos salmos de súplicas, algunas frases contra los enemigos, que son verdaderamente fuertes y anti-cristianas (ejemplo salmo 109). 

Esto se aplica con la mentalidad del AT que aún vivía con la ley del "ojo por ojo" y no había recibido como nosotros, la nueva ley del amor a través de Jesús. 

Leyendo estos versículos lejos de escandalizarnos, entendemos mejor la paciencia de Dios con su pueblo, su pedagogía divina en educar a la humanidad, no a la fuerza, sino respetando el ritmo lento de perfeccionamiento en una comunidad humana, y esto no merma absolutamente el valor de orar con los salmos. 

Cuando lleguemos a frases semejantes, actualicemos nuestros sentimientos, en consonancia con el perdón de Jesús, sabiendo también que Jesús mismo oraba con las mismas palabras de esos salmos.

2.2 Salmos individuales de Acción de Gracias 

Dios multiplica sus beneficios en cada uno de nosotros. Es normal que le agradezcamos. De allí toman pie estos salmos. 

Predomina en ellos el sentimiento de alabanza y agradecimiento que consiste en RECONOCER la bondad y superioridad de Dios, que ha intervenido maravillosamente en lo que el salmista le pidió y reconocer al mismo tiempo la propia fragilidad y pobreza espiritual. 

En esta categoría ponemos los salmos: 9; 10, 30; 34; 40; 41; 92; 107; 116; 138.

2.3 Salmos individuales de Confianza 

Como el nombre lo indica, el salmista se pone a la presencia de Dios, explayándose en expresar sus sentimientos de confianza en su bondad, justicia y poder. Contrapone sus palabras de fe, de piedad y amor a Dios, frente a las palabras blasfemas o insultantes de los impíos. Se alegra de haber confiado en Dios y muestra su apego a la ley y al templo. 

Son de este tipo los salmos: 4; 11; 16; 23; 27; 62; 121; 131. 

Para nuestra oración, los salmos de confianza son muy importantes: Con ellos pacificamos nuestro interior, nos abandonamos en el Señor, y ratificamos nuestra seguridad en Dios, contra las falsas seguridades que ofrece el mundo.

3 SALMOS COLECTIVOS

Son oraciones donde el protagonista no es el individuo, sino el "nosotros", "la nación", "el pueblo elegido".  

3.1 Súplicas o lamentaciones Colectivas 

Son los salmos que brotan de una situación de guerra, hambre, peste, sequía, destierro u opresión, que padece todo el pueblo. En tales circunstancias la comunidad acude al santuario, para exponer sus quejas y pedir liberación. 

Podemos clasificar como súplicas colectivas los siguientes salmos: 

12; 4; 58; 60; 74; 77; 79; 80; 82; 85; 90; 94; 106; 108; 123; 126; 137. 

Para la oración cristiana, estos salmos son muy actuales: nos urgen a salir de nuestro individualismo. Cuando oramos nos sentimos parte de una comunidad, nos proponen orar en nombre de todo el pueblo, tomando conciencia de la realidad que nuestro pueblo está sintiendo y sufriendo. 

3.2 Acción de Gracias Colectivas 

Es todo el pueblo que en estas oraciones recuerda, admirado, los favores que acaba de recibir y agradece por el poder de Dios desplegado a favor de su pueblo (124) y de todos los pueblos (67). 

Es muy claro aquí más que en los salmos individuales, el tono litúrgico de los "sacrificios de acción de gracias", usuales en todo el culto bíblico. 

Podemos catalogar aquí los salmos: 65; 66; 67; 118; 124.

3.3 Salmos Colectivos de Confianza 

En estos salmos todo el pueblo declara que Dios es su única seguridad, meditando sea en lo que Yahvéh ha hecho para su pueblo, sea en la necedad de los pueblos que siguen falsos dioses. 

Son de este tipo los salmos: 115; 125; 129. 

4 SALMOS REALES

Un pequeño número de salmos se llaman con este nombre, porque tienen como tema y situación original la persona del rey, su entronización (2; 72; 110), su matrimonio (45), su victoria en la guerra ( 18; 21), o simplemente un oráculo de bendición y victoria (20).  

Sabemos que el rey tenía en Israel una función sagrada y era el intermediario entre Dios y su pueblo. La personalidad que del rey destacan estos salmos pues se refiere, sí al histórico, pero en sentido pleno hablan y cantan al Mesías, o Cristo. 

Jesús mismo refiere a su persona algunos versículos de estos salmos. 

En esta categoría ponemos los salmos: 2; 18; 20; 21; 45; 72; 89; 101; 110; 132. 

De todas las categorías, quizás estos salmos reales son los más áridos en la oración cristiana actual. Sin embargo, los podemos hacer materia de oración pensando que estamos ensalzando y alabando la realeza de Cristo.

5 SALMOS DIDÁCTICOS

Recogemos en este género a un grupo de salmos que tienen el común interés de ENSEÑAR.  

5.1 Salmos Litúrgicos

Aunque, como sabemos, todos los salmos tienen carácter de culto y su ambiente natural era la liturgia, denominaremos "liturgias" en especial a unos salmos que muestran las celebraciones que se hacían en la puerta del Templo de Jerusalén, en un estilo coral, dentro del culto del templo. 

Catalogamos en este género los salmos: 15; 24 y muchos de los salmos de alabanza coral, que eran cantados en las liturgias colectivas. 

5.2 Salmos Exhortaciones Proféticas

Los llamamos así porque se parecen mucho al estilo y formas de los profetas: con ocasión de alguna reunión del pueblo, un profeta toma la palabra para acusar a los impíos o enseña como alejarse de ellos. 

Son los salmos: 14; 50; 52; 53; 75; 81; 95. 

5.3 Salmos Históricos

Hay tres salmos que se clasifican así porque toman la historia del pueblo como una catequesis para la vida. 

Estos salmos son: 78; 105; 106.

5.4 Salmos Sapienciales

Estos salmos, en forma poética, enseñan a reflexionar sobre la experiencia de vida concreta, dirigen en el camino de la vida. Sus temas característicos son: los caminos de la felicidad, la ley, la Alianza, los principios de conducta moral, el problema de la retribución, etc. 

En general son salmos escritos en época tardía, post-exílica.

Con este tema sapiencial son los salmos: 1; 19, 8-14; 37; 49; 73; 91; 112; 119; 127; 128; 133; 139. 

Para nuestra oración cristiana, estos últimos salmos se pueden utilizar para momentos de reflexión y meditación sobre la vida.

CONCLUSIÓN 
A través de la lectura de alguno de estos salmos, nos damos cuenta que son una verdadera escuela de donde aprendemos a orar. Ellos nos muestran a Dios vivo como el Señor y el amigo siempre cerca, dispuesto a renovar su alianza y su ayuda. Ellos nos ponen en contacto con todo el mundo pasado y presente, y llegan al corazón de nuestra vida, de nuestros problemas, de nuestras necesidades.

La clasificación que se ha hecho, nos será útil especialmente para nuestra oración personal, para poder escoger el salmo apropiado en un determinado momento o estado de ánimo en que nos encontremos. 

Será bueno, pues, que señales en tu Biblia, cerca de cada salmo, el tema o sentimiento que expresa, subrayando aquellos salmos que te parecen más ricos y cercanos a tu sensibilidad, para poder acudir a ellos con facilidad en el momento que necesites.   


lunes, 4 de enero de 2021

LOS SALMOS



 
En los salmos están grabadas las experiencias de fe del pueblo de Dios, del mismo Jesucristo, de toda la Iglesia, que aclaman, cantan, agradecen, suplican, buscan y anhelan la fidelidad al Señor y el encuentro con Él. Experiencias que son también las nuestras porque somos “pueblo” y rebaño” del único Dios. (Sal. 99, v. 3).

Los "Salmos"

Es el Libro más largo de la Biblia, con 150 capítulos, ¡150 poesías para ser cantadas!; y están en el centro de la Biblia. 

  • En principio se llamaba "Libro de las Alabanzas". Se llama también "Salterio", porque era el instrumento más usado para cantarlos en comunidad. 
  • Es el Libro más usado de la Biblia en los últimos 3.000 años, por judíos y cristianos de todas denominaciones. 
  • Era el "libro de himnos oficial" en el Templo y Sinagoga, y lo sigue siendo ahora también en la cristiandad, en el Oficio Divino, la Santa Misa. 
  • El mismo Dios inspiró los sentimientos que sus hijos deben tener respecto a Él, y las palabras que deben usar para dirigirse a Él. 
  • Son las oraciones que rezaban y cantaban Jesús y María individualmente, en familia y en comunidad. 
  • Y es bello recordar, cuando rezo un Salmo, que me uno a la sinfonía universal del Pueblo de Dios, ¡a los mejores amigos del Señor! 
Protagonistas de los salmos

Son dos: "Dios", y el "hombre o mujer". 

1. "Dios" 
Es el "todo" para el salmista, que está sediento de divinidad. Es el todo en todo y para todos... un Dios asequible, a mano, personal, amigo, que cuida y ayuda y sana y salva y protege y acaricia... que castiga con omnipotencia al enemigo... y, sobre todo, ¡que perdona!, más de 200 veces se repite la palabra "misericordia". 

2. El "hombre" o la "mujer" 
¡Confía en Dios! en todas las ocasiones... en el sufrimiento, enfermedad o derrota, confía en Dios y le suplica, ¡y ya le da gracias de antemano y lo alaba, por la ayuda que está seguro de obtener!... en la victoria, alaba con gozo... en el pecado, pide misericordia, ¡y da gracias por el perdón que el Señor le va a regalar! Cualquier ocasión sirve al salmista para repetir que Dios es bueno y justo y misericordioso y grande y maravilloso, y protector y sanador y salvador... esta "fe divina inconmovible" es el meollo de cada salmo, ¡la actitud opuesta al ateo! 

 Cómo leer los Salmos 
¡Rezándolos! No están hechos para aprender, ¡sino para rezar!, para escuchar a Dios, y contestarle. Cuando nosotros oramos, hablamos a Dios; cuando rezamos los Salmos, escuchamos a Dios y todos necesitamos más escuchar que hablar. 

 •Cada Salmo habla de Cristo y su Iglesia, como dice Lc. 24, 44. Si al orar un salmo no has encontrado a Cristo, ¡vuélvelo a rezar!, porque te has perdido lo mejor. 

 •Cuando un salmo habla del "justo", Jesús es el justo por excelencia; cuando hablan del "pecador", Cristo es el Cordero de Dios que cargó con todos los pecados del mundo; cuando el salmista "suplica gritando", o hace súplicas con poderosos clamores y lágrimas, es el mismo Jesús de Heb. 5, 7; y el mismo Cristo es el "alabador por antonomasia", que constantemente alaba y da gracias al Padre.


EL LIBRO DE LOS SALMOS

Dichoso el hombre 
que no sigue el consejo de los impíos 
ni entra por la senda de los pecadores, 
ni se sienta en la reunión de los cínicos, 
sino que su gozo es la ley del Señor, 
 y medita su ley día y noche. Sal 1,1-2. 

Los salmos constituyen uno de los libros más hermosos de la Biblia –sin dudar el más bello–; en ellos se ponen de manifiesto las diferentes facetas del hombre en su relación con Dios: sus estados de ánimo, sus sentimientos más profundos, sus logros y sus fracasos, su grandeza y su miseria, pero sobre todo, su confianza inquebrantable en Dios. 

Los salmos, además, expresan la experiencia de vida de un pueblo: Israel. Su historia, sus leyes, su fe, su esperanza y hasta sus infidelidades a Dios están narradas en ellos. Sin embargo no todos ellos son de origen colectivo o comunitario, es decir que algunos son de carácter personal, en donde un solo individuo es quien se dirige a Dios, aunque nunca aislado o ajeno a la realidad de ser parte del pueblo, por el contrario, con una viva conciencia de ser integrante del pueblo de Dios. 

Los salmos son poemas religiosos compuestos por el rey David y otros autores israelitas para servir en la plegaria pública o privada; podríamos incluso compararlos con los cantos que se utilizan en las reuniones de oración o en la liturgia de nuestro tiempo. 

Ellos contienen toda la doctrina del Antiguo Testamento hecha oración; son teología rezada. Y aunque en ellos aparezcan datos históricos, geográficos, socioculturales y hasta políticos, son esencialmente religiosos: o hablan de Dios o hablan con Dios; son teología hecha vida y vida hecha teología. Contienen rica enseñanza para la vida de todo creyente. 

Pese a que los salmos fueron compuestos hace mucho tiempo, tienen hoy en día una aplicación concreta para nuestra propia vida; aquellas oraciones fueron utilizadas por los salmistas en otro tiempo, pero en situaciones reales muy similares a las que nosotros vivimos cada día. 

Siempre podremos encontrar un salmo, por lo menos, para cada situación por la que estemos atravesando, ya sea de gozo o de dolor, de derrota o de esperanza, de júbilo o de angustia, de confianza y gratitud. Ellos nos enseñan no solo a orar, sino a orar en toda circunstancia de la vida; son divinos y humanos, porque han sido inspirados por Dios mismo, pero a su vez encierran las facetas más reales de la existencia del hombre. 

Aunque los salmos se ubican dentro del canon bíblico entre los libros sapienciales, en ellos no solo encontramos sabiduría, sino también historia y profecía; pero también sucede lo mismo a la inversa: existen salmos o cánticos que no aparecen en el salterio, sino en los libros históricos y proféticos, e incluso en los Evangelios y cartas del Nuevo Testamento. 

Sin lugar a duda los salmos son y serán siempre el libro de Israel. 

En este capítulo nos asomaremos al maravilloso mundo de los salmos; un estudio de la situación histórica en la que fueron escritos, de los diferentes géneros literarios y hasta de la poesía hebrea, nos ayudará a adentrarnos en esta emocionante experiencia y, sobre todo, a comprenderlos y a enamorarnos de ellos. 


Salterio Salmo y Salmodia

Estas tres palabras son muy interesantes y están muy relacionadas entre sí; es conveniente definirlas desde ahora con exactitud y distinguir correctamente las diferencias que hay entre ellas, para evitar confusiones.


a) Salterio. A la colección de los 150 salmos que aparecen en la Biblia le llamamos Salterio. Son los cantos religiosos del pueblo de Israel.

La palabra salterio (en griego psalterium), designaba originalmente un instrumento musical de cuerdas con el que se acompañaba el canto de los salmos. En hebreo a este libro se le da el nombre de Tehil-lim, que significa “himnos” aunque, como más adelante veremos, no todos los salmos lo son.

b) Salmo. El término hebreo más propio para designar a los salmos es el de mizmor, que alude al acompañamiento musical y que, traducido al griego por psalmoi, significa: “cántico acompañado por el salterio” (es decir, el instrumento de cuerdas).

c) Salmodia. A la forma de cantar los salmos se le llama salmodia; esta es una definición bastante sencilla, pero hemos de añadir que en el pueblo de Israel no existía el canto profano, sino únicamente el canto religioso, pues todo él era dirigido a Dios. De este modo podremos decir que la salmodia es “cantar a Dios con el acompañamiento de un instrumento musical", En hebreo, salmodiar se dice zamar, y en griego psallein. Ambos términos coinciden en la definición que hemos dado de salmodia.  Ahora bien, esta forma de cantar los salmos tiene sus propias características, las cuales estudiaremos después. 

El Salterio y su Formación

El libro de los salmos o Salterio se subdivide a su vez en cinco libros o bloques de salmos; cada uno de ellos concluye con una doxología. 

La formación del Salterio fue larga, se calcula que tardó en escribirse alrededor de 900 años. El último de ellos tiene por lo menos 20 siglos de antigüedad, es decir, toda nuestra era cristiana.

Aunque en su origen no todos los salmos fueron compuestos con la finalidad de servir en el culto del Templo o de las sinagogas, con el tiempo se fueron recopilando hasta formar lo que hoy conocemos por Salterio. Sobre el origen de éstos podemos decir que detrás de cada salmo hay un salmista o poeta.

Muchos piensan que el rey David es el autor de todo el Salterio; esto no es verdad, ya que muchos de los salmos se escribieron en situaciones históricas muy distantes al tiempo en que éste vivió.

Basta echar un vistazo a la historia para darnos cuenta de que David gobernó sobre Israel entre los años 1010 al 970 antes de Cristo, mientras que algunos salmos nos hablan de la deportación y el destierro, así como del regreso a Jerusalén –tal es el caso de los salmos 136 y 125 respectivamente– y de muchas otras realidades que David tal vez jamás imaginó. Lo más probable es que para cuando se escribieron estos salmos, el rey David ya tenía mucho tiempo tocando su arpa ante el Señor.

La costumbre actual de que todos los fieles reciban en su frente o en su cabeza el signo de la ceniza al comienzo de la Cuaresma no es muy antiguo. En los primeros siglos se expresó con este gesto el camino cuaresmal de los "penitentes", o sea, del grupo de pecadores que querían recibir la reconciliación al final de la Cuaresma, el Jueves Santo, a las puertas de la Pascua. Vestidos con hábito penitencial y con la ceniza que ellos mismos se imponían en la cabeza, se presentaban ante la comunidad y expresaban así su conversión.

Hay salmos que se atribuyen a Asaf, a los hijos de Coré, a Hemán y a Yedutún, todos ellos cantores del Templo antes del exilio. Otro salmo, por ejemplo, es atribuido a Moisés; se trata del salmo 89. Si esto es verdad, entonces la formación del Salterio duró más de 1,100 años, pues Moisés vivió unos 1,250 años A.C.

Lo que sí hemos de reconocer es que el rey David compuso muchos de los salmos –algunos dicen que suyos son 73 con exactitud– y que a él se debe en gran medida la formación del Salterio. 

De hecho, la mayoría de ellos fueron escritos en tiempos de David y algunos otros en tiempo de los Macabeos, es decir, aproximadamente entre los años 170 a 160 antes de Cristo. 

No podemos saber con exactitud, aunque sí con bastante aproximación en algunos casos, cuándo se escribió tal o cuál salmo, por el contexto histórico del mismo. Se puede identificar también la región donde se escribieron algunos de ellos; esto se debe a la manera de dirigirse a Dios. Hay salmos de la corriente yahvista (1-41) y salmos de la corriente elohista (42-89). 

Es muy probable que la selección definitiva de los salmos, para conformar el salterio que conocemos, fuera algo parecido a lo que hacemos hoy cuando seleccionamos los cantos que más nos gustan o creemos más apropiados para elaborar un himnario, y desechamos u olvidamos aquellos que no nos agradan tanto. 

Aunque no sabemos quienes se encargaron de hacer esta selección definitiva –se cree por lógica que fueron los escribas– lo cierto es que el pueblo tuvo un papel importante en ello pues, al cantarlos, rezarlos y memorizarlos mostraba así su aceptación, hasta que poco a poco llegaron a ser parte del culto. 

Géneros Literarios

El Conocer y distinguir los diferentes estilos y formas en que fueron escritos los salmos es de suma importancia pues, aunque se trate del aspecto externo, puede ayudarnos a tener un conocimiento más profundo de ellos, que nos lleva a hacerlos una verdadera vivencia. 

Conforme avancemos nos será de mucha utilidad tener una clasificación de ellos, pero ante todo, el salmista debe esforzarse en conocer los salmos por dentro y por fuera, independientemente del beneficio que obtenga de dicho conocimiento. 

Podemos distinguir tres grupos principales de salmos: los himnos, las súplicas y las acciones de gracias. 

Estos grupos, sin embargo, no son terminantes, ya que se encuentran otras formas secundarias, y en muchos casos se dan las formas mixtas, es decir, cuando un solo salmo presenta características de himno y de súplica, o bien, de gratitud y de himno.

Pueden encontrarse incluso los tres géneros en un solo salmo. A este estilo le llamaremos irregular o mixto. Veamos: 

Himnos: Generalmente presentan las siguientes características: alabanza a Dios, recuerdo gozoso de los prodigios y maravillas de Dios a favor de su pueblo, o en la naturaleza. 

Súplicas: Son expresiones de dolor y sufrimiento, o bien, lamentaciones. La principal característica es el clamor a Dios. Pueden ser en situaciones personales o comunitarias de desgracia y generalmente concluyen con una expresión de esperanza en Dios. 

Acciones de gracias: El elemento sobresaliente de estos salmos es precisamente la acción de gracias a Dios. Estas se dan por muchos motivos: por la liberación, por la victoria, por la salud luego de una enfermedad grave, por el bienestar personal o común, por una abundante cosecha, etc. 

Géneros irregulares o mixtos: Con frecuencia aparecen mezclados los géneros anteriores. Por ejemplo: hay lamentaciones a las que les sigue una oración confiada, o a las que precede una acción de gracias; hay también súplicas que son precedidas por una evocación de los prodigios realizados por Dios. 

Hay incluso salmos en los que aparecen los tres géneros principales sin llevar un orden lógico y que denotan una intensa lucha interior en el salmista, como sucede en los salmos 21 y 30. 

Es difícil ubicar con exactitud a cada salmo en alguno de los géneros literarios; a pesar de ello es bueno distinguir el aspecto sobresaliente, o por lo menos aquél que se quiera resaltar. Como hemos dicho, esto nos será de gran utilidad. 

Otra forma de escritura en los salmos es la que se conoce como “alfabética”. Ésta consiste en que cada una de las estrofas del salmo comienza con una de las diferentes letras del alfabeto hebreo, por orden. A estos salmos se les identifica como salmos alfabéticos. Ejemplo de ellos son los salmos 9, 24, 33, 36, 110, 111, 118 y 144.







domingo, 1 de marzo de 2020

CUARESMA 2020

 
 

«En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20)

 
 
Queridos hermanos y hermanas: 
 
El Señor nos vuelve a conceder este año un tiempo propicio para prepararnos a celebrar con el corazón renovado el gran Misterio de la muerte y resurrección de Jesús, fundamento de la vida cristiana personal y comunitaria. Debemos volver continuamente a este Misterio, con la mente y con el corazón. De hecho, este Misterio no deja de crecer en nosotros en la medida en que nos dejamos involucrar por su dinamismo espiritual y lo abrazamos, respondiendo de modo libre y generoso.
 
El Misterio pascual, fundamento de la conversión

La alegría del cristiano brota de la escucha y de la aceptación de la Buena Noticia de la muerte y resurrección de Jesús: el kerygma. En este se resume el Misterio de un amor «tan real, tan verdadero, tan concreto, que nos ofrece una relación llena de diálogo sincero y fecundo» (Exhort. ap. Christus vivit, 117). Quien cree en este anuncio rechaza la mentira de pensar que somos nosotros quienes damos origen a nuestra vida, mientras que en realidad nace del amor de Dios Padre, de su voluntad de dar la vida en abundancia (cf. Jn 10,10). En cambio, si preferimos escuchar la voz persuasiva del «padre de la mentira» (cf. Jn 8,45) corremos el riesgo de hundirnos en el abismo del sinsentido, experimentando el infierno ya aquí en la tierra, como lamentablemente nos testimonian muchos hechos dramáticos de la experiencia humana personal y colectiva.

Por eso, en esta
Cuaresma 2020 quisiera dirigir a todos y cada uno de los cristianos lo que ya escribí a los jóvenes en la Exhortación apostólica Christus vivit: «Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez» (n. 123). La Pascua de Jesús no es un acontecimiento del pasado: por el poder del Espíritu Santo es siempre actual y nos permite mirar y tocar con fe la carne de Cristo en tantas personas que sufren.

 Urgencia de conversión

Es saludable contemplar más a fondo el Misterio pascual, por el que hemos recibido la misericordia de Dios. La experiencia de la misericordia, efectivamente, es posible sólo en un «cara a cara» con el Señor crucificado y resucitado «que me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20). Un diálogo de corazón a corazón, de amigo a amigo. Por eso la oración es tan importante en el tiempo cuaresmal. Más que un deber, nos muestra la necesidad de corresponder al amor de Dios, que siempre nos precede y nos sostiene.

De hecho, el cristiano reza con la conciencia de ser amado sin merecerlo. La oración puede asumir formas distintas, pero lo que verdaderamente cuenta a los ojos de Dios es que penetre dentro de nosotros, hasta llegar a tocar la dureza de nuestro corazón, para convertirlo cada vez más al Señor y a su voluntad.

 Así pues, en este tiempo favorable, dejémonos guiar como Israel en el desierto (cf. Os 2,16), a fin de poder escuchar finalmente la voz de nuestro Esposo, para que resuene en nosotros con mayor profundidad y disponibilidad. Cuanto más nos dejemos fascinar por su Palabra, más lograremos experimentar su misericordia gratuita hacia nosotros. No dejemos pasar en vano este tiempo de gracia, con la ilusión presuntuosa de que somos nosotros los que decidimos el tiempo y el modo de nuestra conversión a Él.

 La apasionada voluntad de Dios de dialogar con sus hijos

El hecho de que el Señor nos ofrezca una vez más un tiempo favorable para nuestra conversión nunca debemos darlo por supuesto. Esta nueva oportunidad debería suscitar en nosotros un sentido de reconocimiento y sacudir nuestra modorra. A pesar de la presencia —a veces dramática— del mal en nuestra vida, al igual que en la vida de la Iglesia y del mundo, este espacio que se nos ofrece para un cambio de rumbo manifiesta la voluntad tenaz de Dios de no interrumpir el diálogo de salvación con nosotros. En Jesús crucificado, a quien «Dios hizo pecado en favor nuestro» (2 Co 5,21), ha llegado esta voluntad hasta el punto de hacer recaer sobre su Hijo todos nuestros pecados, hasta «poner a Dios contra Dios», como dijo el papa Benedicto XVI (Enc. Deus caritas est, 12). En efecto, Dios ama también a sus enemigos (cf. Mt 5,43-48).

El diálogo que Dios quiere entablar con todo hombre, mediante el Misterio pascual de su Hijo, no es como el que se atribuye a los atenienses, los cuales «no se ocupaban en otra cosa que en decir o en oír la última novedad» (Hch 17,21). Este tipo de charlatanería, dictado por una curiosidad vacía y superficial, caracteriza la mundanidad de todos los tiempos, y en nuestros días puede insinuarse también en un uso engañoso de los medios de comunicación.

 Una riqueza para compartir, no para acumular sólo para sí mismo

Poner el Misterio pascual en el centro de la vida significa sentir compasión por las llagas de Cristo crucificado presentes en las numerosas víctimas inocentes de las guerras, de los abusos contra la vida tanto del no nacido como del anciano, de las múltiples formas de violencia, de los desastres medioambientales, de la distribución injusta de los bienes de la tierra, de la trata de personas en todas sus formas y de la sed desenfrenada de ganancias, que es una forma de idolatría.

Hoy sigue siendo importante recordar a los hombres y mujeres de buena voluntad que deben compartir sus bienes con los más necesitados mediante la limosna, como forma de participación personal en la construcción de un mundo más justo. Compartir con caridad hace al hombre más humano, mientras que acumular conlleva el riesgo de que se embrutezca, ya que se cierra en su propio egoísmo. Podemos y debemos ir incluso más allá, considerando las dimensiones estructurales de la economía. Por este motivo, en la Cuaresma de 2020, del 26 al 28 de marzo, he convocado en Asís a los jóvenes economistas, empresarios y change-makers, con el objetivo de contribuir a diseñar una economía más justa e inclusiva que la actual. Como ha repetido muchas veces el magisterio de la Iglesia, la política es una forma eminente de caridad (cf. PÍO XI, Discurso a la FUCI, 18 diciembre 1927). También lo será el ocuparse de la economía con este mismo espíritu evangélico, que es el espíritu de las Bienaventuranzas.

Invoco la intercesión de la Bienaventurada Virgen María sobre la próxima Cuaresma, para que escuchemos el llamado a dejarnos reconciliar con Dios, fijemos la mirada del corazón en el Misterio pascual y nos convirtamos a un diálogo abierto y sincero con el Señor. De este modo podremos ser lo que Cristo dice de sus discípulos: sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-14).

 FRANCISCO.
 
 
 

 

LA CUARESMA NOS PREPARA LA PASCUA


LA CUARESMA
 
   

SIGNIFICADO DE LA CUARESMA

La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo.

La Cuaresma dura 40 días; comienza el Miércoles de Ceniza y termina antes de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo. A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios.

El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa luto y penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de conversión espiritual; tiempo de preparación al misterio pascual.

En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de vida. La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un camino hacia Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y haciendo obras buenas. Nos invita a vivir una serie de actitudes cristianas que nos ayudan a parecernos más a Jesucristo, ya que por acción de nuestro pecado, nos alejamos más de Dios.

Por ello, la Cuaresma es el tiempo del perdón y de la reconciliación fraterna. Cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos que se oponen a nuestro amor a Dios y a los hermanos. En Cuaresma, aprendemos a conocer y apreciar la Cruz de Jesús. Con esto aprendemos también a tomar nuestra cruz con alegría para alcanzar la gloria de la resurrección.

Miércoles de Ceniza: Inicio de la Cuaresma

El miércoles de Ceniza es el principio de la Cuaresma; un día especialmente penitencial, en el que manifestamos nuestro deseo personal de conversión a Dios. Al acercarnos a los templos a que nos impongan la ceniza, expresamos con humildad y sinceridad de corazón, que deseamos convertirnos y creer de verdad en el Evangelio.

¿Por qué Miércoles?

Cuando en el siglo IV, se fijó la duración de la Cuaresma en 40 días, ella comenzaba seis semanas antes de Pascua: el domingo de “cuadragésima”. Pero en los siglos VI-VII cobró gran importancia el ayuno como práctica cuaresmal, surgiendo un inconveniente: nunca se ayunó en día domingo por ser “día de fiesta”, la celebración del Día del Señor.

¿Cómo hacer para respetar el domingo y, a la vez, tener cuarenta días “efectivos” de ayuno?

La respuesta fue "correr" el comienzo de la Cuaresma al miércoles previo al primer domingo (si contamos los días que van del Miércoles de Ceniza al Sábado Santo y le restamos los seis domingos, dará exactamente cuarenta días). La Iglesia sigue esta arraigada costumbre del pueblo cristiano y comienza la Cuaresma el miércoles de Ceniza.

¿Por qué la ceniza?

La ceniza es un “signo” de penitencia muy fuerte en la Biblia (Jonás 3, 6; Jdt 4, 11; Jer 6, 26). Siguiendo esta tradición, en la Iglesia primitiva eran rociados con cenizas los penitentes “públicos” como parte del rito de reconciliación. Al desaparecer la penitencia “pública”, la Iglesia conservó este gesto penitencial para todos los cristianos.


El Pueblo de Dios tiene un particular aprecio por el miércoles de ceniza: sabe que ese día comienza la Cuaresma. Y participando del rito de la ceniza —acompañado del ayuno y la abstinencia— manifiesta el propósito de caminar decididamente hacia la Pascua. Ese recorrido pasa por la CONVERSIÓN y la PENITENCIA.

La bendición e imposición de la ceniza tiene lugar dentro de la Misa, después de la homilía; aunque en circunstancias especiales, se puede hacer dentro de una celebración de la Palabra. Las fórmulas de imposición de la ceniza se inspiran en la Escritura (Gn 3, 19; Mc 1, 15) y hacen relación a la condición pecadora de quienes la recibimos.

La ceniza procede de los ramos bendecidos el Domingo de la Pasión del Señor (Domingo de Ramos) del año anterior, siguiendo una costumbre que se remonta al siglo XII.

El simbolismo de la ceniza es el siguiente:

a) Condición débil y caduca del hombre, que camina hacia la muerte
b) Situación pecadora del hombre
c) Oración y súplica ardiente para que el Señor acuda en su ayuda d) Resurrección, ya que el hombre está destinado a participar en el triunfo de Cristo.

Es el residuo de la combustión por el fuego de las cosas o de las personas. Este símbolo ya se emplea en la primera página de la Biblia cuando se nos cuenta que "Dios formó al hombre con polvo de la tierra" (Gn 2,7). Eso es lo que significa el nombre de "Adán". Y se le recuerda enseguida que ése es precisamente su fin: "hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho" (Gn 3,19).

Por extensión, pues, representa la conciencia de la nada, de la nulidad de la creatura con respecto al Creador, según las palabras de Abrahán: "Aunque soy polvo y ceniza, me atrevo a hablar a mi Señor" (Gn 18,27). Esto nos lleva a todos a asumir una actitud de humildad ("humildad" viene de humus, "tierra"): "polvo y ceniza son los hombres" (Si 17,32), "todos caminan hacia una misma meta: todos han salido del polvo y todos vuelven al polvo" (Qo 3,20), "todos expiran y al polvo retornan" (Sal 104,29). Por lo tanto, la ceniza significa también el sufrimiento, el luto, el arrepentimiento.

En Job (Jb 42,6) es explícitamente signo de dolor y de penitencia. De aquí se desprendió la costumbre, por largo tiempo conservada en los monasterios, de extender a los moribundos en el suelo recubierto con ceniza dispuesta en forma de cruz. La ceniza se mezcla a veces con los alimentos de los ascetas y la ceniza bendita se utiliza en ritos como la consagración de una iglesia, etc.

La costumbre actual de que todos los fieles reciban en su frente o en su cabeza el signo de la ceniza al comienzo de la Cuaresma no es muy antiguo. En los primeros siglos se expresó con este gesto el camino cuaresmal de los "penitentes", o sea, del grupo de pecadores que querían recibir la reconciliación al final de la Cuaresma, el Jueves Santo, a las puertas de la Pascua. Vestidos con hábito penitencial y con la ceniza que ellos mismos se imponían en la cabeza, se presentaban ante la comunidad y expresaban así su conversión.

En el siglo XI, desaparecida ya la institución de los penitentes como grupo, se vio que el gesto de la ceniza era bueno para todos, y así, al comienzo de este período litúrgico, este rito se empezó a realizar para todos los cristianos, de modo que toda la comunidad se reconocía pecadora, dispuesta a emprender el camino de la conversión cuaresmal.

En la última reforma litúrgica se ha reorganizado el rito de la imposición de la ceniza de un modo más expresivo y pedagógico. Ya no se realiza al principio de la celebración o independientemente de ella, sino después de las lecturas bíblicas y de la homilía. Así la Palabra de Dios, que nos invita ese día a la conversión, es la que da contenido y sentido al gesto. Además, se puede hacer la imposición de las cenizas fuera de la Eucaristía -en las comunidades que no tienen sacerdote-, pero siempre en el contexto de la escucha de la Palabra.



 

LA CUARESMA EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA


LA CUARESMA EN
LOS PRIMEROS SIGLOS 

La celebración de la Pascua del Señor, constituye, sin duda, la fiesta primordial del año litúrgico.

De aquí que, cuando en el siglo II, la Iglesia comenzó a celebrar anualmente el misterio pascual de Cristo, advirtió la necesidad de una preparación adecuada, por medio de la oración y del ayuno, según el modo prescrito por el Señor.

Surgió así la piadosa costumbre del ayuno infrapascual del viernes y sábado santos, como preparación al Domingo de Resurrección.

En los inicios

 
Paso a paso, mediante un proceso de sedimentación, este período de preparación pascual fue consolidándose hasta llegar a constituir la realidad litúrgica que hoy conocemos como Tiempo de Cuaresma. Influyeron también, sin duda, las exigencias del catecumenado y la disciplina penitencial para la reconciliación de los penitentes.  

La primitiva celebración de la Pascua del Señor conoció la praxis de un ayuno preparatorio el viernes y sábado previos a dicha conmemoración.

A esta práctica podría aludir la Traditio Apostólica, documento de comienzos del siglo III, cuando exige que los candidatos al bautismo ayunen el viernes y transcurran la noche del sábado en vela.


Por otra parte, en el siglo III, la Iglesia de Alejandría, de hondas y mutuas relaciones con la sede romana, vivía una semana de ayuno previo a las fiestas pascuales.
 

En el siglo IV se consolida la estructura cuaresmal
 
De todos modos, como en otros ámbitos de la vida de la Iglesia, habrá que esperar hasta el siglo IV para encontrar los primeros atisbos de una estructura orgánica de este tiempo litúrgico. Sin embargo, mientras en esta época aparece ya consolidada en casi todas las Iglesias la institución de la cuaresma de cuarenta días, el período de preparación pascual se circunscribía en Roma a tres semanas de ayuno diario, excepto sábados y domingos. Este ayuno prepascual de tres semanas se mantuvo poco tiempo en vigor, pues a finales del siglo IV, la Urbe conocía ya la estructura cuaresmal de cuarenta días.

El período cuaresmal de seis semanas de duración nació probablemente vinculado a la práctica penitencial: los penitentes comenzaban su preparación más intensa el sexto domingo antes de Pascua y vivían un ayuno prolongado hasta el día de la reconciliación, que acaecía durante la asamblea eucarística del Jueves Santo. Como este período de penitencia duraba cuarenta días, recibió el nombre de Quadragesima o cuaresma.

Durante el primer estadio de organización cuaresmal se celebraban tan sólo las reuniones eucarísticas dominicales, si bien entre semana existían asambleas no eucarísticas: los miércoles y viernes.

Pero a finales del siglo VI las reuniones del lunes, miércoles y viernes celebraban ya la eucaristía. Más tarde, se añadieron nuevas asambleas eucarísticas los martes y sábados. Por último, el proceso se cerró bajo el pontificado de Gregorio II (715-731), con la asignación de un formulario eucarístico para los jueves de cuaresma.
Hacia fines del siglo V 
 

Hacia finales del siglo V, el miércoles y viernes previos al primer domingo de cuaresma comenzaron a celebrarse cómo si formaran parte del período penitencial, probablemente como medio de compensar los domingos y días en los que se rompía el ayuno.  

Dicho miércoles, los penitentes por la imposición de la ceniza, ingresaban en el orden que regulaba la penitencia canónica.

Cuando la institución penitencial desapareció, el rito se extendió a toda la comunidad cristiana: este es el origen del Miércoles de Ceniza o «Feria IV anerum».
 

El proceso de alargamiento del período penitencial continuó de forma irremediable. Esta anticipación del ayuno cuaresmal no es una práctica exclusivamente romana: se encuentra también en Oriente, y en diversas regiones de Occidente.

 

Probablemente se trata de una praxis originada en la ascesis monástica y más tarde propagada entre la comunidad cristiana, aunque resulte difícil conocer sus características.
 

Los cuarenta días


El significado teológico de la Cuaresma es muy rico. Su estructura de cuarentena conlleva un enfoque doctrinal peculiar.

 

En efecto, cuando el ayuno se limitaba a dos días —o una semana a lo sumo—, esta praxis litúrgica podía justificarse simplemente por la tristeza de la Iglesia ante la ausencia del Esposo, o por el cli­ma de ansiosa espera; mientras que el ayuno cuares­mal supone desde el principio unas connotaciones propias, impuestas por el significado simbólico del número cuarenta.
 
En primer lugar, no debe pasarse por alto que toda la tradición occidental inicia la Cuaresma con la lectura del evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto: el período cuaresmal constituye, pues, una experiencia de desierto, que al igual que en el caso del Señor, se prolonga durante cuarenta días.
 
En la Cuaresma, la Iglesia vive un combate espiritual intenso, como tiempo de ayuno y de prueba. Así lo manifiestan también los cuarenta años de peregrinación del pueblo de Israel por el Sinaí.

Otros simbolismos enriquecen el número cuarenta, como se advierte en el Antiguo y Nuevo Testamento. Así, la cuarentena evoca la idea de preparación: cuarenta días de Moisés y Elías previos al encuentro de Yahveh; cuarenta días empleados por Jonás para alcanzar la penitencia y el perdón; cuarenta días de ayuno de Jesús antes del comienzo de su ministerio público. La Cuaresma es un período de preparación para la celebración de las solemnidades pascuales: iniciación cristiana y reconciliación de los penitentes.

Por último, la tradición cristiana ha interpretado también el número cuarenta como expresión del tiempo de la vida presente, anticipo del mundo futuro. El Concilio Vaticano II(cfr. SC 109) ha señalado que la Cuaresma posee una doble dimensión, bautismal y penitencial, y ha subrayado su carácter de tiempo de preparación para la Pascua en un clima de atenta escucha a la Palabra de Dios y oración incesante.

 
El período cuaresmal concluye la mañana del Jueves Santo con la Misa crismal —Missa Chrismalis— que el obispo concelebra con sus presbíteros. Esta Misa manifiesta la comunión del obispo y sus presbíteros en el único e idéntico sacerdocio y ministerio de Cristo. Durante la celebración se bendicen, además, los santos óleos y se consagra el crisma.
 
El tiempo de Cuaresma se extiende desde el miércoles de Ceniza hasta la Misa de la cena del Señor exclusive. El miércoles de Ceniza es día de ayuno y abstinencia; los viernes de Cuaresma se observa la abstinencia de carne. El Viernes Santo también se viven el ayuno y la abstinencia.